Una casa abandonada es una caja de música rota, un instrumento musical averiado, que desafina, enclavada en el mundo real. El silencio y el ruido organizan su propia banda sonora, ejecutan su partitura desconocida, al margen del espectador, que sólo puede escuchar cómo suenan las cosas, hacerlas sonar y resonar con su mera presencia, a modo de oyente en la sombra, receptor acoplado al espacio inerte. La escucha es un testimonio sonoro de lo inaudible, del sonido para nadie y para nada, canto en los limites del hombre, elegía material. Voz de lo que no tiene voz, lenguaje inarticulado.
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XX
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VIII
El ruido y el silencio inherentes a la imagen y el sonido, el grano y la nitidez, la superposición de frecuencias y la ausencia de onda, no son realidades incompatibles, en mutua oposición, al contrario, se distribuyen en el espacio y el tiempo como gradientes complementarios, aspectos concomitantes de lo imperceptible, umbrales de audición y visión. El cuadro móvil audiovisual es disyuntivo por naturaleza, la matriz de escisión también está escindida en facetas, tanto en su fundamento de doble plano, como en su manifestación de líneas sonoras y visibles. Es tan evidente que ni se ve ni se oye. Está aquí mismo. El silencio es la pantalla, o el altavoz, hacen ver y escuchar sin dejarse ver ni oír, invisibles e inaudibles, pedestal vacío, superficie metafísica de inscripción de la matriz, medio de suspensión y transmisión de elementos dispares; el ruido de fondo es el foco caótico matricial, el proyector de dispersión, cañón de partículas que traza las trayectorias erráticas de lo sensible a través del delicado tamiz de la pantalla en blanco, visión sorda al oído y escucha ciega a la mirada.